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Lo Que NO Te Puedo Contar

Donde tooodos deberíamos decir la verdad.

Cristian Carlos Juárez

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Me gusta conocer a la gente y hacer muchos amigos reales, espero que te guste lo que pasa en mi vida, y si no, ni modo.
Lo Que NO Te Puedo Contar - Semitransparencia, periodo segundo 2008.

Martes, veintisiete de Octubre - Antes de decirte mis últimas palabras.

No sé por qué me hablas. Ni sé por qué te interesas en mí. Me pláticas cosas que te pasan. A veces no las quieres decir, a mí no me ha de causar miedo, miedo te debería de dar a ti que no haces preguntas. Dejas pasar el tiempo como si la gente no dejará de creer o llenarse de ideas diferentes. Ojo con esto, no quiero decir que la gente cambie su forma de pensar, eso no existe. Por lo menos la mayoría de la gente no lo hace radicalmente. Simplemente de eso se trata la experiencia, cosa que osos aprenden hasta al final de la vida. Pero pareciera que tú te estancaste, avanzaste tan rápido que ahora te has detenido a pensar lo maravilloso que te perdiste. Todo llega a su tiempo, eso es algo que siempre te he querido decir. Pero tú no haces las preguntas, las hago yo para variar.

    Una vez te vi reflejado en el agua. No me cuestiones si padezco de esquizofrenia, que no es así. Te estaba espiando y, como siempre, ni te das cuenta si hay cámaras delante de ti por no haber revisado los muchísimos arbustos que hay en esa zona un tanto arbolada, enredada y oscura llena de inestabilidad a la hora de la noche.

    Sales de tu casa que apenas sé dónde está, no sé si caminas y le das la vuelta a donde hay un laberinto en el que es fácil perderse en la noche. Saldrás con cuadernos y libros, quién sabe. Saldrás a eso del mediodía, no sé. No sé muchas cosas de ti que podrían darme algunos datos como para poder enviarte algunos espías, pero conociéndote como eres yo mismo te podría empezar a seguir sin que me dieras algún dato. De saber tu actual número móvil yendo con la persona correcta, de saber el nombre de los vandalitos con los que te juntas.

    No sé, Matías —ese tipo que nunca conoces—* me está ayudando a descubrir todo esto, y darles mordidas a los de seguridad de Perisur ya es mucho para que nos dejen tomar fotografías en su interior: por eso siempre llevamos cámaras para lo que se ofrezca, que nunca es así. O para cuando hagas algo que es completamente relevante ante los ojos de los demás. Quién sabe, algún día vayamos a tu escuela a aventar tanta foto que nunca imaginaste.

    Por momentos pensamos que jamás entrarías por estar platicando con terceros vía móvil, hasta que entraste a la fila y nos viste de nuevo. Curioso, yo nunca apago nos móviles… de dónde aprendiste esa artimaña, quién sabe. Pero algo no encajaba por ahí.

    Ya sé qué sombreros usas y de qué forma te vistes. Cómo caminas y en dónde te vas y con quién. No sé qué hay en tu móvil, me intriga no saber a quién le mandas mensajes y de esas llamadas tan misteriosas tú nunca me dices nada. La última vez fuiste un total misterio: sabemos todos los que leen mi blog que es muchísimo más común enviar un mensaje a recibir que hacer alguna llamada, más todavía si estamos por entrar a una sala.

    No son amenazas, porque bien sabes lo que haces. De veras no deja de intrigarme qué onda con ese móvil tuyo…

    Ni creas que para la próxima dejaré que hagas lo mismo, ese día, haré algo que no te esperas; eso, si algún día no salen con sus estupideces de “ya fui” porque si no, jamás me volverán a ver en mésenller y sus redes sociales, que son ya la última forma de conexión que existe por ahora, a diferencia de los móviles que usas para mandar mensajes y hacer llamadas quién sabe para qué. He ahí una nueva conclusión.

«Está bien si llora aquí.»


*Ja, ja, ja…

Viernes, veintitrés de Octubre - ¡Hey, tú... te veo después!

Me extraña que no estés aquí, igual no y te vale. Algunas veces con tus actos me ayudas a sacar conclusiones de que todavía no puedes compararte como alguien de tu edad, algo verdaderamente lamentable. Algo me dice que caíste en eso del alcoholismo y que aprendiste a fumar tras sucesos que quizá te tengan con problemas en tu interior, que quizá conozca todo el mundo.

    Últimamente los recuerdos que me vienen de ti son muy placenteros y saco las pocas fotos que tengo de ti, algunas todamas por ti. Veo tus ojos. Tus increíbles ojos cafés a los que amé a morir alguna vez cuando te vi con detenimiento, me hiciste una pregunta y me miraste como si fuese Dios: casi pierdo el control. Hoy te diré algo, que quizá te duela bastante y hagas el coraje de tu vida. Claro, yo lo sé… después de lo que te diga, quizá me mandes al carajo. Hoy no es el día, porque hay gente que no se aparece en días aunque quizá te remuerda la consciencia y te aparezcas a eso de la madrugada como es tu costumbre. Ya se te avisó lo que se te dirá. Igual y así eres y tengo respuesta tras haber pasado una que otra semana para variar de no saber dónde estabas. Mañana revisaré el móvil como todos los días, ya sabes que espero tus llamadas todos los domingos que es cuando verdaderamente necesitas de alguien como yo.

    De una vez te advierto que no espero palabras tuyas para comenzar una nueva etapa. Ni me interesa saber dónde vas a parar, ni que me cuentes lo que hiciste ayer y las semanas en las que decides que tu vida es sólo tuya, algo verdaderamente lamentable. Hay cosas que haces a propósito, o dejas que los demás hagan de ti una nueva historia que no te atreves a contarme, aquí es cuando me da más miedo de que algún día llegues a decirme que todo eso lo que veo en tus redes sociales sea cierto, pero si me lo dices tú, no sé cómo demonios reaccionaré.

    Aunque sean palabras de hipocresía no las has dicho, he ahí un bien punto de tu parte. Está próxima a terminar la semana, eres una persona bárbara… porque en estos días tienes muchísimo tiempo libre; sin embargo, no te quieres acordar y te fastidia la mente. Yo no te vuelvo a esperar hasta media noche porque se me hará una falta de respeto.

    Te digo que no esperaba nada de ti porque ha sido muchísimo el tiempo de distanciamiento y de no saber nada. Y me da rabia cuando no dices qué te pasa aún cuando ambos sabemos que te sucede algo y, como siempre: nunca me dices nada. Y cómo no sé qué haces ni sé a dónde estás. Si no te veo, no sé nada…

«Sólo quiero escuchar tu voz.»

Jueves, diez de Septiembre - Mis palabras se convierten en cliché.

Y hay gente que habrá que admitir, tienen una fijación conmigo… ni es necesario que lo digan. Es muy agradable saber que le caes bien a una mayoría que degusta de que rían de tus chistes de vez en cuando, o de retar a las autoridades por ser simplemente un insulto contra ti. Eso de retar a las autoridades me vienen en un mal recuerdo, gracias a a una persona que se quiso pasar de lista contándonos su historia para quedar como héroe. Les digo que me fastidia aquella gente que está destinada a meterse en problemas, quién sabe por qué… ahí entra un poco el cinismo. Yo sólo conosco a una persona —que vaya que si fueran más, me pegaba un tiro—, que hizo de esto un hecho bastante similar.

    Ok, digamos entonces que es gente menor de edad, no niños, ni adolescentes, alguien que supuestamente ya es lo bastante maduro como para entender ciertas cosas y comportarse, por obvias maneras, como gente un tanto civilizada. ¿Qué dirían usds. de alguien que se la pasa fumando como chimenea? Quizá nada en este instante… y seguimos hablando de gente que ni siquiera lleva un año estudiando bachillerato. Es de dar lástima, quizá un poco…cuando se hace por quedar bien. He aquí el primer problema. Me espanta, la gente que con la que estuve muuuy pero muuuy cerca estos últimos años, y que aunque ya haya pasado más de un año: sí, me sigue intrigando.

    Y es que literalmente te quedas con cara de What the fuck?!, no está de más. Y es aquí cuando de verdad tooodos mis sentidos me señalan, que verdaderamente fue cierto todo aquello que pasaba. [Inserte aquí un suspiro como queriendo recordar algo…] Quizá lo provoqué yo. Todos sabemos que tenemos una jornada de luto, y es quizá la causa de los vicios que se llegaron a dar. Todo esto pasó de manera alguna, para que yo no me diera cuenta:sí, muchísimos se dieron la vuleta en aquel entonces para que ni se me ocurriera seguirles. Pero, bueno… como saben: a mí sieeempre me terminan contando tooodo, a mí sólo me bastaba probar que fuere cierto. En estos casos lo fue.

    Por eso olían a cigarro —ni se hagan, que ya saben quién demonios son—. «¡Ahhh… qué caray!», con razón. Ayer iba pasando por las calles de mi zona, algo que acostumbro a hacer diario cuando vengo de la prepa. Hay dos que tres secundarias por las que siempre paso inevitablemente, claro; donde abundan los adolescentes enclenques queriendo parecer gente de dieciséis años.

    Digo que de dieciséis años que ni siquiera les gusta el café y ahí los vemos metidos en los Estárbocs tomando café como si en verdad fueran personas sofisticadas. Joden mucho, lo sabemos. Bueno, ese sólo es un caso... benditos sean los pubs que hay por las zonas más exclusivas de la prepa. Hablaba con Matías de las ventajas-desventajas de tener diecisiete-dieciséis años. Sí, yo siempre bien optimista. Llegamos a la conclusión de que deberían vetar a la gente dependiendo de su edad.



Me cagan los teens de 13 o menos años en las plazas comerciales.

Cristian Carlos J.



    En algunos pubs, en donde sólo se toma en su mayoría cerveza y se fuma como chacuaco acompañado de música en inglés, o de esas veces en las que escuchas a Lila Downs cantando "Perfume de Gardenias" para sacar ese sentimiento guardado; nos encontramos a gente no menor a 16 años. Ni a personas mayores a 20, por lo que se me hace bastaaante ameno frecuentar esos lugares donde se conoce a gente y no a niños. Joden mucho, insisto: y deberían de vetarlos de aquelos lugares, y es ahí donde se pierde la tranquilidad del asunto y preferimos irnos.

    Les digo que no soy mala onda. Pero resulta que hay gente que de verdad fastidia, y digo que fastidian los teens que no saben qué coño hacen dando vueltas en las plazas comerciales como si de verdad fuesen a comprar algo. O como si en los cines fueran a disfrutar la película cuando verdaderamente van a aventar palomitas o a criticar en vivo la película. Sí, admito que ni yo tuve taaanta cordura a los trece, catorce años.

Once. La casa donde todo se recuerda.

Y deberíamos de pensar entonces que es una broma, que suena a incógnita que ambos lleguen al tiempo correcto. De verse después de tantos pasos errados, «como si hubieran pasado los años» pensaba Amanda. «Como si hubiera nacido de nuevo» pensaba irónicamente un nuevo Nathaniel.

Tiempo correcto, que parecía irónico. Amanda apenas y mira el reloj. Nathaniel sólo cuenta los suspiros; y nadie sigue sin mirar la hora en los múltiples relojes que hay en la casa donde todo pasa. Y el reloj sigue avanzando, sí: esta vez sí avanza el reloj pero no sus mentes.

Nathaniel sigue esperando la respuesta de Amanda, que le diga algo… algo que ha querido escuchar desde que salió vivo otra vez. Sonríe y se queda callado, se relaja nuevamente en el sillón color vino que con la luz tenue se asemeja al marrón. Estaba tranquilo como siempre, pero esta vez irradiaba paz. Algo que fue lo primero que Amanda notó; no le quedó de otra mas que esbozar una sonrisa en un acto de justificar su ausencia.

«Ni qué decir», se decía Amanda para sus adentros. En su interior se sentía culpable —como para variar en los últimos días—, pero el orgullo estaba ganando más fuerza. Hipócrita o franca esta vez… era una situación un tanto incómoda. Ella ahí, dejó la puerta abierta y las ventanas de aquella casa se azotaban por la lluvia que de ligera pasó a ventarrones que amenazaban la tranquilidad que le había provocado el que Nathaniel estuviere ahí sentado en el sillón de siempre.

Bajar la mirada no la salvaría esta vez, y aunque Nate se viera taaan pacífico como siempre, ella esperaba lo peor. Seguro Amanda seguía indignada… ¿de qué? De que toda la familia de él le haya aconsejado volverla a ver jamás. De nuevo el ambiente se notaba irónico. Algo tenían que decirse en ese momento, pero ya… ¿pero qué?

Nate, con el amor intenso que sentía por Amanda, no tenía nada qué decirle… «Bienvenida de nuevo, amor», fue lo primero que se le vino a la mente. No lo pensó más y levantándose del sillón procedió a saludarla para terminar de una vez por todas con el ambiente de tensión que se sentía en el estudio. Y la puerta se cerró, se dejó de escuchar el caer de lluvia y los azotones de las cortinas.

Amanda se dejó abrazar y soltó una lágrima. Por vez primera en tanto tiempo su soberbia cedió, aunque aquellos deseos locos de suicidarse estuvieran todavía presentes. ¡Vaya que parecía una eternidad! Y ahora la única que debería sentirse mal era ella y nadie más: y los sentimientos de suicidio aumentaban.

Nadie se acordaba de Davidson esta vez. Nadie, pues se acuerdaba de aquél hijo que les alegró el hogar. No existía en ese momento ningúna madre que le llamara a Amanda… en fin, se acababa el momento de tensión y venía la calma sólo para Nathaniel.

Adulterio psicológico, traición, rechazo y muchísimo sentimiento de culpa dominaba la mente de ella. Cosas que quién sabe si soportaría todavía más, lamentablemente era hora decir la verdad, de hablar de un intento fallido de Amanda por deshacerse de Nathaniel y vivir una vida que también quién sabe si hubiera funcionado al lado de Elías. Y pasó el momento… ¿qué dijo ella? Nada, simplemente le correspondió a un beso más falso que sincero. Amanda lucía muy confundida.

De repente recordó que el diario:

—Hola, Nate… sí, yo te esperaba también. —Lamentablemente…— seguía Amanda negándose al momentáneo pasado de vivir.

Y como si no hubiera pasado nada, hipócritamente Amanda fue a la cocina y preparó la cena. Nate encendió el TV y se veía feliz. Nadie le podía quitar esa sonrisa tan encantadora cuando hacía lo que le gustaba. Quedó dormido, ya eran eso de las siete de la noche, y yacía en ese sofá que compraron cuando llegaron por primera vez a casa.

Amanda no dejaba de sentirse presionada, estaba tensa y con deseos de morir. Era medio extraño, ella no sabía si había guardado luto, ni siquiera había asimilado… nada. Se sentía confundida. Y se posó en sofá contiguo para observar la vida errática de Nate. Tras minutos de contemplarlo se acordó del diario. Salió tan de prisa del hotel que le había olvidado en uno de los cajones del buró, al lado de la cama.

—Habitación 45, uhm… ¿que hotel era?. Sí, tan ofuscada estaba que no sabía dónde había pasado la noche anterior. Su aspecto era lamentable: Amanda daba lástima.

No había terminado de leer el diario, no sabía de la vida de Nate, y sinceramente ni le importaba. Es más, por la declaración que hizo Nate en contra de su familia, él también quería vivir como fugitivo; lejos de la maldición familiar. Pero eso Amanda no lo sabía, ella simplemente se alejó sin enterarse de algo más. No le interesaba, quería el dinero que le había propuesto George y nada más. Así o más terca que nunca, juraba a sus adentros que Elías podía ser candidato a proporcionarle una vida de erraticidad.

Y seguía divagando Amanda. Era hora de despertar a Nathaniel y servir la cena y platicar. Un momento durísimo para Amanda; y para Nathaniel escuchar la crueldad que le tenía preparada. Ella sabía que se podía ir de nuevo, alejarse para siempre de lo que alguna vez formó como familia. Ahora era ella quien quería abandonar a su familia y a su hijo y dejarlos al azar. No podría existir persona más cruel en esta vida.

Nate despertó primero, con una cálida sonrisa y mirándola a los ojos, como agradeciéndole a la vida de estar de nuevo no enterrado en un sarcófago guardándole pleitesía a la muerte, aquella que estuvo cerca semana atrás:

—¿Vamos a Querétaro? —Dijo Nate aún con los ojos cerrados. —Quiero ver el mar… —¿El mar? —Respondió Amanda tajante a la tierna petición de Nate. Pero si en Querétaro no hay mar. —Bueno, quiero ir a Querétaro. Y comer helado. —Tú no sabes lo que quieres. Comeremos ahora, señor. —Terminó Amanda.

Nuevamente llegaron a ella los lapsos largos de tiempo del cual ya era presa cuando le venían las ideas de suicidarse. Con el televisor sonando pasaron al comedor, la ensalada insípida de siempre que a Nate le sabía a gloria. No más. Amanda era de esa creencia, la que pensaba que no se merecía más por la persona que tenía efrente; y que aún cuando en su infancia hubo ido a una escuela de cocina… obvio, no se iba a desgastar en hacer una cena un tanto más elaborada.

El televisor seguía sonando. Nate estaba en el comedor y Amanda sirviendo la cena; y sin decir palabra alguna comieron, comieron y comieron. Tan pronto se tornó nuevamente en una escena oscura, trasladando a Amanda a una dimensión desconocida para ella. Y vio el reloj, se había detenido —o al menos eso parecía—, se quedó inmóvil. Lo único que en ese momento era capaz de hacer era pensar. Admirar y sacar conclusiones. Había perdido la historia verdadera de la vida de Nate.

Ella, que no había tenido un momento de inocencia… se negó a creer en las falacias que aparecían en ese texto todo enredado. Piedras, vuelos, viajes, herencias y una familia por salvar, que disque salvar… nadie haría nada. Decidió que pasaría al psicólogo de cabecera al día siguiente. Y despertó del lapso, siguió comiendo pensando en que eso del suicidio era una tontería.

Nate negó a su hijo y Amanda también. Y la comida empezaba a saberles agria. Ambos se vieron interrumpidos como si sus cerebros estuvieran enlazados por telequinesis. Algo extraño, algo que nunca les había pasado. Amanda dejó caer el tenedor al suelo como arrepintiéndose de sus penas. Y Nate no lo pensó más. Nadie esperaba que de repente, en un sobresalto de frenesí, él agarrara el plato de porcelana que tenía al frente y que con fuerza sobre humana aventó a la cara de Amanda…

La escena se convirtió en una sesión de gritos despavoridos. Sangraba una cara, de los únicos dos comensales de esa errática cena. Frente, nariz y boca sangrantes del lado de Amanda, y Nate no sentía pena alguna: salió del comedor y se fue a dormir. No hace falta decir que parecía aterrador. Obviamente los planes de ir con el psicólogo al día siguiente se habían esfumado, ahora tendría que ir al hospital.

Y ella no lloró, aunque tenía ganas de hacerlo. Pero bien sabía que si seguía guardando aquellas penas sin dejarlas salir al momento, le causarían taquicardias tarde o temprano. Respiró hondo y fuerte como pudo, respiraba sangre y sabía a sangre. Como pudo también, se acercó a la bañera, y sin haber agua caliente tampoco lo pensó más y se quitó los restos de porcelana que quedaban incrustados en su cara.

¡Qué difícil es guardarse todo el sentimiento… todo el sentimiento frustrado! Nathaniel no estaba contento, se notaba a leguas. De todos modos, Amanda no podía hacer mucho; sabía que se merecía algo así… quizá algo peor. Tarde o temprano sabía que algo así podía pasar, ella no era estúpida y por eso no lloró.

A su fortuna sólo fueron heridas superficiales que le sanarían con el tiempo sin dejarle cicatrices, mas no era eso lo que la mantenía frustrada. Recordó el viejo revólver que guardaba con sigilo, oxidado un poco pero nunca infalible. Tenía ideas macabras, que se sentían a venganza. Nuevamente el ser, ese ser que no sabía qué diantres quería, irónicamente tenía sed de sangre, de ver correr sangre.

    Sobre el pasaje que debió leer Amanda en el diario de la familia…

    «Todo Septiembre de 1935:

    Te preguntarás por qué "todo Septiembre"; y es que en realidad todo pasó hace un mes. No he estado muy bien físicamente, decaí de epilepsia dos que tres veces a la semana. No comía y me la pasaba en cama, tratando de explicarme el por qué. Mi familia se está hartando de mí, quiero pensar que me atendieron como yo lo hubiese querido. Igual y esto me vuelva a pasar y decidan matarme con aquel revólver que aquellos gángsters me prestaron una vez y que nunca les devolví. Así pienso yo y es prácticamente lamentable. No sé, también pueden ponerme algún tipo de veneno en la merienda o en cualquier momento, ya me lo espero… empiezo a parecer una carga terrible para los que están a mi lado.

    No sé si en realidad quiera seguir viviendo, yo ya no puedo mantenerme en pie. Y alguien más le tendré que asignar aquella tarea que nunca terminé. Necesito deshacerme de alguna basura, basura física como si en verdad se tratase de personas. No digo que digo que tenga que morir alguien, verdaderamente… tengo muchísimos enemigos a los que quisiera ver muertos.

    Tengo muchísimos "amigos" a los que también quisiera ver bajo tierra, pero yo no soy tan cabrón como para mandarlos a matar. Sé que mucha gente me traicionó, gente que mucho apreciaba y que ahora que casi estoy muerto, no se acuerdan y no sienten pena del que alguna vez les ayudó a fundar aquella empresa de la que ahora no recibo nada. Si los mataría, sería con piedras… y no un revólver. Las piedras de alguna forma duelen, y mucho y ésa, señor, sería mi forma de atacar a quienes han sido los responsables de que sienta coraje, y que con ello ahora esté delirando a causa de las epilepsias que quién sabe si lleguen a terminar algún día.

    Pasarán los años, y seguiré aquí con mis palabras, esperando que alguien pueda hacer mi trabajo. De reclamar lo que siempre fue mío, y como si de comedias se tratara, sí… que esta vez los malos reciban su merecido.

    Igual y los dos algún día tenemos sepelios compartidos.

    Por ahora, hasta mi familia debería cuidarse.»

Domingo, nueve de Agosto - ¿Eres estelar?

No te puedo sacar de mi mente. Aunque tus tratos no hayan sido de una persona en juicio, literalmente. Tu me juras, y cuando me lo dices te lo creo; pero al parecer no sirve de nada.

    Eres una persona un tanto errática. Pero conoces de arriba a abajo lo que haces en tu andar diario, lo que no sabes es que aquellas acciones —que te encantan hacer a horas de la madrugadahacen daño a la gente a la que te he adjudicado como “seguidores”, sí: también a ellos los fastidias, ya me lo dijeron mis espías.

    Insisto, que no sé quién demonios son aquellos con los que te encanta pasear por zonas donde los rateros abundan, donde la basura convive contigo. Tampoco digo que sean tugurios. Enhorabuena por tu andar errático. Enhorabuena porque te hayan dado un adjetivo que creemos TODOS que te merecías desde hace tiempo.

    Creo tener fotografías, algunas donde verios te hayan visto en situaciones un tanto incómodas que a veces… NO. No a veces, más bien cuando se te da la gana contarme. Más bien, nunca me cuentas la situación. Ni con quién y sobre todo el porqué. Nunca me dices nada. Al menos yo tengo la decencia de usar Twitter y decir qué hago y con quién. Me encanta subir fotos de nosotros, y por “nosotros”, me refiero a una nueva tendencia de vivir la vida. Uhm… quizá así seas. No sé: a ni sé.

    Ya me cansé de repetir y de que me sigan repiendo eso de que “la gente“ cambia. Ya lo sé, hay gente que me da gusto que siga siendo la misma tras haber pasado muchísimos años. Hay otra que se convierte en lacras de la sociedad, no digo que seas uno de aquellos, pero bien que haces méritos para hacernos —a mí y toooda a tu maldita escuela— que perteneces a los bajos tugurios que te imponen esas personas dos años mayores que tú.

    Lamentablemente yo puedo hacer muy poco. Casi nada. No puedo hacer mucho para contrarrestar todo aquello que ya te han impuesto todas esas personas, que si bien te aportarán diversión adictiva, no te darán una cosa que sólo varios pudimos ver en algún momento.

    Ya vi que no basta llevar cámaras e incluso micrófonos. De contratar a espías —sí, espías— que mantienen informado de tu carácter fuerte que adquiriste con gente que disfruta otro tipo de vida, una vida de bajas calificaciones a punto de reprobarlas. Una vida de aquellas que se ven obligadas a caer en tooodo tipo de drogas, que conste que ya no sólo hablo de alcohol y nicotina: quién sabe qué más hayas hecho.

    Ya no me importa esperarte; los presentimientos de esos que antes me avisaban tu llegada ya han partido para jamás retornar. Ya no te espero, ni tú me esperas. Se ha perdido en ese lapso de tiempo que has decidido vivir de una manera diferente a la mía.

    Es una lástima decirte no hay nadie como tú. PORQUE EN VERDAD… NO HAY NADIE COMO TÚ. No hay nadie que se la viva de rincón en rincón. Ni que sea igual de geek como yo lo soy. Nadie que despierte a la misma hora que yo. Ninguna persona que se parezca a ti. Que viva hilarante por donde camina; que con ese caminar errado tropieces con gente que cambiará tus actos de “celebración”.

    Pero hay algo que no termina de encajar. Hasta que tú mismo no me demuestres lo contrario. ¿Sabías que muchísimas veces me han dicho algo de ti que ni yo me esperaba? No, claro que no lo sabías, porque como te dije: no sabes qué diantres haces. Es a veces raro dudar de alguien que conozco ahora a medias. Es como si fuera pasando el tiempo y los pensamientos estancados, junto con los recuerdos se fueran reemplazando por la imagen inesperada de mal modo de tu persona. Es un hecho lamentable que me quede con una imagen errada que quizá siempre quisite vivir. Vaya.

    Hay cosas que quiero hacer. Reemplazar varias cosas este año, una de ellas es olvidar una que otra satisfacción.

    No quiero ni pensar cómo es que divagas en tus pensamientos acerca de mí. No quiero pensar en qué piensas cuando llega mi nombre retumbando todos los huecos de tu mente —porque ahora sólo ahí puede haber algún rastro de mi persona—. ¿Te molesta? Simplemente. Dirás que no me conoces y claro, diré lo mismo y pensaré lo mismo.

    Necesito que tú me digas adiós. Si no, nunca podré vivir tranquilo, habrán cosas que jamás se terminaron de decir y, como siempre inevitable, latentes estarán los recuerdos para extrañar al que una vez estuvo al lado y no dejar decaer al otro.

    Hay pensamientos fuertes que ya no digo, pero que en su momento volveré a decir. Espero tu respuesta. Ya sabes que quiero un NO.

«Arduo es encontrar amigos maravillosos. Es difícil dejarlos ir, e imposible de olvidar.»

 

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